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¿dónde está la Navidad de mi infancia?

¿Dónde está la Navidad de mi infancia?. Lejos, muy lejos de donde me encuentro en estos momentos... Se diría que tengo dificultades para retomar el hilo de mis recuerdos infantiles y volver a sentir el espíritu de la Navidad como entonces.

Lo hablaba en cierto modo con una amiga el pasado  4 de enero. Recuerdo la llegada de aquellos días con verdadera alegría, contando con los deditos el tiempo que faltaba para la Nochebuena. Tengo en nebulosa los preparativos para la fiesta de la Navidad pero sí conservo muy fresco el "perfume de aquellos entrañables momentos": Villancicos de puerta en puerta para que cayera un buen aguinaldo, cena en el salón con las mejores galas de mesa y mantel, familia al completo compartiendo la dicha de estar juntos y bienavenidos, y espera silenciosa del momento mágico de los Reyes. Siempre hacía mis pequeñas reflexiones, solitarias, eran mías y las guardaba con mucho celo, sobre el regalo que nos hacían unos hombres generosos, poderosos, adivinadores de nuestros pensamientos porque no siempre traían lo que habíamos escrito en la carta, iban más allá, descubrían, por el cariño, aquello que sólo había hablado con mamá, o con papá... ¿no era increíble?. Con mi cabecita de niña, me costaba entender que esos mismos que me cubrían de regalos (no sé si muchos o pocos) dejaban desnudito a Jesús en un lugar poco apacible; ¿no les habrá dado mucha pena?; si traen regalos a todos los niños del mundo, ¿ cómo es que a Jesús le dan sólo oro, incienso y mirra?. El oro me decía algo; sin duda María y José podrán comprarle ropita y comida y hacer el viaje de vuelta a casa, pero, ¿la mirra?, ¿y el incienso?. Tampoco es que fuera más allá, pero siempre rondaba esa idea en mi cabeza cuando, año tras año, contemplaba el Belén y veía mi casa decorada con regalos para 5 niños...

Con lo racional que soy , agradezco haber nacido en un pueblo perdido del Sáhara Occidental, Dajtla, donde no recuerdo la existencia del televisor. ¿Por qué digo esto?. Porque lo que me traían los Reyes eran sorpresas, no las que me creaban las empresas comerciales sino las que a mí me gustaban de verdad. Había cabalgata con camellos de verdad y los reyes eran siempre los mismos... ¡menos mal! porque creo que habría digerido fatal la presencia de Reyes distintos. Podía aceptar que estuvieran en muchos sitios a la vez, porque eran Magos, pero que tuvieran caras, pelos y cabalgastas variadas no, eso no lo habría aceptado seguro y hubiera vuelto locos a mis padres con una sarta de preguntas de muy difícil respuesta..

¿Y ahora qué?. Evidentemente no espero a mis queridos Reyes Magos de la infancia con sus camellos pero, por qué no, añoro el espíritu navideño fetén, aquel prepararme po dentro para la venida del Rey de Reyes y Señor de Señores. Me ponen de mal humor los anuncios de TV, y mira que la veo poco, con sus continuas pulsiones hacia las compras, compras y más compras; tampoco me atraen los adornos callejeros con luces y estrellitas que pretenden "animar" el corazón del homo andante. Que no, hombre, que eso no es, que nos hemos empeñado en convertir el momento más grande de la vida un cristiano en una fiesta del consumo máximo. Claro que hay que esmerarse en la comidas de algunos días, y vestirse adecuadamente para la ocasión, pero también hay que acoger en el corazón la palabra de Dios que se nos encarna y compartir lo mío con el "vecino", eso sí que es grande, eso sí que es Navidad. Por eso, como dice mi abuela, Navidad es todos los días, sólo que el 24, el Niño Jesús se encarga de recordárnoslo por megafonía, porque hay mucho sordo entre el "rebaño"

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